La República Galáctica debía caer

Artículo publicado originalmente por Pablo Simón en  www.jotdown.es

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“Así es como muere la libertad, con un estruendoso aplauso.” (Padmé Amidala, senadora de Naboo)

Cuando el canciller supremo Palpatine, en una sesión extraordinaria del Senado, proclamó oficialmente la disolución de la república y el establecimiento del Primer Imperio Galáctico —en lo que se llama un autogolpe de Estado— hubo una ovación cerrada. Mientras que las manos del recién proclamado emperador se levantaban hacia el hemiciclo, la cúpula de la Confederación de Sistemas Independientes era brutalmente asesinada en Mustafar y sus ejércitos droide eran desactivados. La Orden 66, recién promulgada, ya había diezmado a la Orden Jedi por toda la Galaxia. Las Guerras Clon llegaban oficialmente a término y, junto a la paz, también se consumaba la caída de la República. Un régimen que había durado milenios llegaba a su fin.

La República Galáctica ha sido glosada por todas las crónicas como un periodo de libertad y prosperidad en la Galaxia, cuando los jedi ponían sus nobles armas al servicio de un sistema político «más civilizado». Sin embargo, todos coinciden en que la República antes de Palpatine se caracterizaba por tener gobiernos ineficaces y corruptos, por ser un régimen impotente y controlado por burócratas. Si esto era así, ¿es posible dicha decadencia tuviera algo que ver con su caída? Casi con seguridad. Después de todo, la conspiración de los sith no hubiera fructificado tan fácilmente sin el abono del mal gobierno. No perdamos de vista que la ambición de poder del Lado Oscuro solo nos cuenta una parte de la historia.

A mi juicio todavía no se ha respondido convincentemente el porqué de la decadencia de la República. Más aún, hasta lo que sé, pocas veces se han revisado las instituciones republicanas como su causa fundamental. Comprensible. Al fin y al cabo, un análisis en profundidad podía cuestionar con solidez dos cosas; que la República se tratara de un verdadero régimen democrático y que no se hubiera derrumbado desde sus mismos inicios. Por lo tanto, mi propuesta es que no nos centremos (solo) en las astutas maniobras del emperador Palpatine. Ampliemos el angular y veamos con detenimiento cómo funcionaba el (casi con seguridad) peor diseño institucional de un régimen de gobierno galáctico. Solo así podremos entender las causas profundas de su colapso.

La (Con)federación Republicana

La República Galáctica nace como una alianza económica y de protección mutua entre un grupo de planetas del núcleo galáctico. Esto implica el establecimiento de un modelo confederal; cada planeta o sistema dispone de la soberanía de manera autónoma, pero renuncia a  determinadas competencias en favor de una institución supraplanetaria. No se detalla exactamente cuáles son, pero hasta lo que sabemos la República controlaba moneda (el dactario de la República o crédito) o las tasas a las rutas comerciales (véase crisis de Naboo). Aunque parece que había una constitución escrita, la República tenía principalmente un sistema de common law basado en procedimientos informales. Esto es algo poco prudente cuando se establece una confederación, ya que hace falta detallar claramente qué potestad se cede al nivel galáctico. Sin embargo, parece que la República también iba más allá del modelo confederal y tenía algunas potestades propias de una federación. Por ejemplo, debía existir algún tipo de derecho galáctico vinculante, ya que sabemos que la República tenía tribunales, y no solo mercantiles sino también penales —por ejemplo el virrey Nute Gunray de la Federación estuvo con un proceso judicial abierto más de ocho años.

En todo caso, no había un demos soberano en el ámbito de toda la Galaxia. Cada uno de los mundos o planetas podían mantener su propio gobierno basado en sus creencias, costumbres o tradiciones locales. Algunos, de hecho, podían ser aristocráticos, colmena o monárquicos (antidemocráticos, por tanto) pero la República no entraba en dicha cuestión. Tampoco sabemos qué ocurría en caso de violaciones flagrantes de derechos de las especies dentro de sus sociedades (aunque, por ejemplo, el esclavismo estaba prohibido). Esto abre la puerta a un dilema no menor: ¿eran los tribunales republicanos la última instancia de apelación? ¿Qué pasaba si se contradecían las normativas republicanas y las planetarias? Todo apunta a una organización competencial caótica, con la puerta continuamente abierta a rivalidades entre mundos.

Por su parte el gobierno galáctico estaba centralizado en el núcleo. La República tenía la capital fija en Coruscant y era la sede del supremo órgano unicameral que la representaba: el Senado. Esta cámara estaba compuesta  por un senador de cada uno de los sistemas galácticos o planetas, según el caso, si bien la República no fijaba en el método de elección de sus máximos legisladores. Supongo que en algunos casos se trataban de elecciones libres y competidas, pero por lo que sabemos en muchos casos los senadores eran cargos designados por el gobierno local (como en Naboo) o aristócratas que lo ostentaban de manera casi hereditaria (por ejemplo, los Organa de Alderaan).

Sin embargo, el Senado no solo era una cámara territorial. Como se ve durante el «intenso» debate sobre el bloqueo a Naboo, los gremios también tienen representantes con derecho a voz y voto. El Clan Bancario o la Federación de Comercio tenían sus delegados, con lo que el Senado es una mezcla de cámara planetaria y corporativa —lo que genera dudas sobre qué legitimidad encarna realmente el órgano—. Por otra parte, en una confederación las decisiones —que conciernen a todos— se aprueban por unanimidad. Sin embargo, este Senado es particular ya que aprueba la legislación por mayoría o por ruidosa aclamación. Es más, justamente por mayoría desarrolla su facultad más importante: la elección de un canciller supremo, jefe de Estado y de gobierno de la República.

Parlamentarismo sin partidos galácticos

El sistema republicano es un sistema parlamentario, ya que no existen elecciones directas a canciller supremo. Este último es escogido de manera indirecta por los senadores, dependiendo de su confianza para seguir en su puesto, lo que aboca a una crónica inestabilidad de los ejecutivos. Como (casi todos) los senadores son de designación planetaria, no existe algo así como partidos galácticos. Es decir, no tenemos coaliciones de intereses estables en torno a líneas programáticas concretas, con grupos organizados de senadores buscando impulsar temas más allá de sus planetas. Se trata de un modelo de república parlamentaria en el que no existen facciones ni disciplina de voto para asegurar que el canciller terminará su mandato.

Esto es lo que da gran preponderancia a los intereses sectoriales, hasta el extremo de que un senador preocupado solo por los intereses locales de su planeta puede tirar al ejecutivo entero. Veamos un caso práctico para ilustrar esta cuestión. En la sesión del Senado sobre el bloqueo a Naboo la reina Amidala, tras un largo periplo para llegar a Coruscant, plantea una moción de condena ante el pleno de la cámara. Sin embargo, la reina es instada —razonablemente— a que la retrase hasta que una comisión independiente certifique sobre el terreno lo que ocurre —propuesta por la Federación apoyada por el sistema Malaster.

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Palpatine había advertido a la reina en una reunión previa de que el canciller era un corrupto en potencia y que su gobierno estaba «paralizado por los burócratas». Ese comentario dio en el blanco. La táctica dilatoria de la Federación provoca el enfado de la impulsiva Amidala y el resultado es que el planeta Naboo plantea formalmente una moción de censura contra el canciller Finis Valorum. El gobierno cae inmediatamente y hay que buscar un nuevo canciller. No importa que su ejecutivo pudiera haber sido mejor o peor para el conjunto de la Galaxia. Dado que el planeta Naboo se ve perjudicado por un problema político, puede hacer caer al canciller de manera inmisericorde. Los políticos galácticos responden a sus electores, como es natural, y sus electores están en sus sistemas.

De hecho, esto lleva al problema del propio sistema electoral. Puede que Kashyyyk tenga apenas unos pocos miles de wookies mientras que Corellia tenga millones de habitantes. Sin embargo, ambos planetas tienen un senador, por lo que tienen exactamente la misma representación y el mismo poder de influencia. Por eso mismo, podía ser que Valorum fuera infinitamente más apreciado que Palpatine en términos absolutos (medido con una encuesta a nivel de toda la República) pero si este último sumaba los votos en el Senado, eso era lo que importaba. De nuevo, un problema de legitimidad política añadido —el más que factible desajuste entre la mayoría popular en la Galaxia y la mayoría en el Senado—.

¿Cuántos cancilleres supremos habrían caído a lo largo de la historia de la República por problemas locales que nada tienen que ver con su competencia? Aunque suponemos que el peso de un solo mundo es infinitesimal en una gran coalición, que un solo planeta pueda plantear la cuestión de confianza señala que la República tenía mecanismos parlamentarios que convertían a la cancillería en un ejecutivo muy débil.

Peleando por ser el canciller supremo

La caída de Valorum tras la moción de censura vendría seguida del ascenso del último canciller supremo de la República: Palpatine. Según se nos cuenta, este último llegó a la cancillería en gran parte por la corriente de simpatía que despertó la crisis de Naboo. Su nombre es propuesto casi desde el principio, junto con los de Beil Antilles de Alderaan y Eily Din de Malaster. Sin embargo, es más que dudoso que miles de senadores representantes de sus mundos locales estuvieran dispuestos a nombrar un nuevo canciller simplemente por simpatía. No hay duda que los equilibrios políticos no van por aquí, sino más bien por  establecer amplísimas coaliciones electorales.

Cualquier aspirante a la cancillería necesitaría asegurarse de que cada senador sacará su parte del pastel si le da apoyo —sea una regulación comercial, sea una inversión del presupuesto—. Esto, necesariamente, había de convertir a la Cancillería Suprema en un ejecutivo paralizado. Para poder ser elegido —y mantenerse en el poder— el canciller debía repartir rentas en unas coaliciones inestables de senadores propensos al chantaje. Una deserción oportunista puede poner en juego tu continuidad en el cargo, así que no es difícil imaginar a los candidatos a canciller prometiendo de todo y gastando a manos llenas

Si uno lo piensa en términos racionales, la única manera viable de mantenerse en el poder es la corrupción y la ineficiencia. Si el senador de Bespin es amigo de los sobresueldos, le inflas la cuenta de créditos y le compras un apartamento en Coruscant. Si el senador de Yavin quiere en su planeta un espacio-puerto pagado por la República, le preguntas si lo quiere con o sin líneas regulares. Palpatine le cuenta a la reina Amidala que esta  no es la República que conocíamos, que ya no se defiende el interés general. La pregunta pertinente es más bien si pudo haberlo hecho alguna vez.

Comprensible, por lo tanto, que ante el fracaso de las negociaciones con la Confederación de Sistemas Independientes el propio Senado aceptara la dar poderes de emergencia a la Cancillería —propuesta otra vez por Naboo, aunque esta vez por el senador Binks (¿no hay más planetas?)—. Esto revela hasta qué punto el ejecutivo de la República carecía de margen de maniobra. Pero esos poderes especiales tienen un cometido muy concreto. La primera medida que aprueba el canciller Palpatine es militarizar la República, justo en la antesala de la… ¿Guerra Civil Republicana?

 La República en guerra

Voy a dejar aparcado el hecho de que la República Galáctica hiciera el pedido de un ejército clon a Kamino y que nadie se enterara hasta la antesala de su uso. Le podría pasar a cualquiera. Entremos mejor en lo que había antes de las Guerras Clon. Por lo que se desprende de las crónicas, en la República no existía algo así como un ejército galáctico, al menos en los últimos mil años. Había un conjunto de milicias planetarias y caballeros jedi, poco más. Esto genera un problema más que evidente; no existe un cuerpo armado que pueda proteger la Galaxia en caso de agresión más allá del Borde Exterior. Pero tampoco en caso de problema interior, por más que no se cumpla el principio de posse comitatus.

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Al no existir un ejército unificado, nos vamos a un modelo cuasi feudal. Aquellos planetas o gremios que dispusieran de los ejércitos (droides) más grandes lograban imponerse sobre otros por la vía de los hechos consumados. La República no podía hacer absolutamente nada contra un señor de la guerra ambicioso más allá de mandar algún jedi a intentar mediar. Como hemos visto más arriba, el modelo de definición competencial entre niveles era de todo menos claro, con lo que los conflictos armados por disputas puntuales también serían frecuentes. Pero además hay una tensión que va mucho más allá y es la que hace de las Guerras Clon un conflicto con carga política.

Las Guerras Clon comienzan formalmente con la batalla de Geonosis, pero no debería olvidarse que es la República la que inicia la agresión atacando a un planeta que es «independiente». Si la República Galáctica es un modelo confederal, en el que la soberanía última reside en los sistemas, ellos son libres de salirse si así lo consideran oportuno. Sin embargo Palpatine, aunque se supone que es la mano que mece la cuna del conflicto, también es el primer federalista de la Galaxia. La crisis estalla en el octavo año de su gobierno e insiste en que «bajo su mandato no se partirá una república que ha estado unida durante miles de años». Es decir, que la soberanía a su entender recae en el Senado, en el conjunto, y no en los planetas. La Confederación de Sistemas Independientes son los «separatistas». De ahí que las Guerras Clon también fuera la antesala de una república soberana (que no se daba), necesaria para un Estado funcional pero también para el advenimiento del imperio.

Pero hay algo que resulta relativamente llamativo y es un límite evidente incluso cuando se constituye el ejército republicano; la ausencia de un mando civil. Aunque el canciller supremo tiene poderes especiales, no tenemos constancia de que hubiera una war room bajo supervisión política que tomara las decisiones estratégicas. Por lo visto, Inteligencia Clon (espionaje) sí lo está —por esa vía dice Palpatine a Skywalker que han descubierto el paradero del General Grevious pero poco más. Bien, también el «pequeño» resorte de la Orden 66, pero si Valorum fuera canciller el mando de la guerra seguiría estando en manos del Consejo Jedi. Algo que merece la pena tratar en profundidad para demostrar hasta qué punto la República Galáctica difícilmente podría caracterizarse como una democracia. Hasta qué punto una secta religiosa tenía más poder que el Senado.

Una democracia tutelada: La Orden Jedi

El poder real en la República Galáctica no había que buscarlo en el Senado, sus tediosos comités o la oficina de la Cancillería, sino en un estilizado templo situado a kilómetros de distancia. En concreto, en la cámara en la que se reunía el Consejo Jedi, el órgano supremo de la Orden. Eso sí, el Consejo era elegido por sus propias reglas internas  —no democráticas —y en la práctica no tenía que responder ante nadie —aunque formalmente ante el Senado—. Este y no otro era el principal puntal de poder del sistema republicano, porque los jedi fueron el verdadero poder «fáctico» de la República.

Los jedi antes de la Guerra Clon «aconsejaban» y servían al Senado. No se basaban de algún texto legal (por lo tanto, con el legislador como fuente última de poder soberano), sino que escrutaban el «sendero de la Fuerza». Esta orden monacal, mística, servía y formaba a la vez la voluntad de la República. Sus poderes se amplían con la llegada del conflicto. Los jedi son los generales del ejército y tienen total discrecionalidad para tomar decisiones militares —de hecho, como se apuntaba antes, el Consejo es la sala de mando principal—. Y aunque uno podría pensar que los caballeros disponen de su dominio en la Fuerza para ser una ventaja sobre sus oponentes, ni siquiera son de ayuda durante este último periodo. Al fin y al cabo, todo lo veían «nublado por el Lado Oscuro» y, en ocasiones, hasta precipitaban conflictos —la exagerada operación de rescate de Obi-Wan Kenobi fue el inicio de la guerra.

Este rol central de la Orden hacía inevitable que hubiera tensiones con la Cancillería Suprema. Por ejemplo, cuando Palpatine le dio un cargo de libre designación a Anakin Skywalker como consejero personal, el Consejo opuso resistencia y lo consideró una injerencia impropia. Esto simplemente subraya un conflicto ineludible: ¿quién está al mando aquí? Un buen ejemplo de ese dilema es el que emerge en el despacho de la Cancillería Suprema los últimos días de la República.

El maestro Mace Windu, al descubrir que el canciller supremo Palpatine es un sith, decide ir con otros jedi a su oficina y arrestarlo. Esto, en su esencia más pura, es un violento choque de legitimidades. Windu no ha sido electo y se erige en representante último de la legalidad republicana. Por su parte, el canciller tiene un mandato legítimo y legal del Senado (aunque el sujeto sea malvado). Windu hasta insiste, cuando discute con Skywalker, en que hay que matar al revelado lord sith porque controla a los tribunales y que deberá nombrarse un gobierno interino de transición. Esto último ya lo había sugerido el maestro Ki-Adi-Mundi en caso de que el canciller no renunciara a sus poderes tras la muerte de Grevious. Es decir, que el maestro y los jedi por extensión se arrogaban el derecho de ser jueces, verdugos y legisladores al tiempo.

Si uno lo mira bajo este prisma, la Orden 66 cobra una nueva luz, por más que se tratara de una ardid maliciosa y brutalmente expeditiva. Puede sonar crudo, pero la «defenestración» de los jedi podría ser un punto de convergencia instrumental tanto entre un sith como un demócrata. No debería perderse de vista una evidencia; el duelo entre el maestro Windu y Palpatine es optar entre dos golpes de Estado de diferente naturaleza, ambos anteponiendo los fines a los medios. Los jedi con el ánimo de seguir tutelando la República, los sith con el de destruirla. Porque en el fondo, la República nunca fue una democracia plena.

La República Galáctica debía caer

Con este breve repaso se ve rápidamente por qué la caída de la República era bastante inevitable; se trataba de un Estado fallido casi desde el inicio, incluso sin intercesión de los sith. Más sorprendente resultó que tras su colapso se estableciera un estado centralizado. El Imperio consumó a pocos días de la batalla de Yavin la disolución del Senado y dio poderes plenos a los Moffs y Grand Moffs para el gobierno sobre los planetas. Lo que uno hubiera esperado tras la caída de la República es su fragmentación en pequeños reinos de taifas, al modelo del universo de Asimov. La transición al Imperio Galáctico es, más que otra cosa, la anomalía a estudiar.

Merece la pena insistir en que para conseguir un régimen democrático estable y libre, incluso en una galaxia muy muy lejana, las instituciones son importantes. La República Galáctica combinó lo peor de la UE (medio federación / confederación —gobierno lejano a la ciudadanía—), de los EE. UU. (intereses localistas de legisladores) con Guerra de Secesión incluida (las Guerras Clon), de la Primera República Italiana (macrogobiernos de coalición), la República de Weimar (sin disciplina partidaria y ejecutivos inestables) o de la República Islámica de Irán (con un Consejo Jedi a imagen del Consejo de Guardianes de la Revolución).

Siendo esto así, ¿qué podíamos esperar? ¿De verdad este régimen había sido capaz de traer miles de años de libertad y estabilidad? Bastante dudoso. Si hace falta, yo le presto el hombro a Padmé Amidala. Lo siento mucho, senadora, pero la República Galáctica debía caer.

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